miércoles, noviembre 14

Responsabilidad Social. Una Cuestión de Principios


Rodrigo Armada Osorio
Licenciado en Derecho y Notario Titular de la
Notaría 3 en Ensenada, B.C.

¿Te has preguntado alguna vez porque hacemos las cosas que hacemos día con día? Quizás esta pregunta te parezca un tanto filosófica y seguramente tendrás razón.

Normalmente hacemos las cosas de manera cotidiana, las llevamos a cabo porque tenemos la obligación de hacerlas, es decir, nos las imponen; porque nos comprometemos a hacerlas; o finalmente porque tenemos la convicción de hacerlas.

En una reunión en la que participé, hace ya algún tiempo, uno de los asistentes comentó que en el transcurso de nuestra vida encontramos a tres tipos de personas; las personas que hacen las cosas de manera mecánica; otras personas que dicen y hacen lo que dijeron que harían; y finalmente, las personas que piensan, dicen y hacen las cosas que pensaron. Reflexionando sobre este comentario, me doy cuenta que la mayor parte de las acciones que pasan a diario, son de las que se hacen de manera mecánica o por un convencionalismo; una cantidad menor son de aquellas en donde las personas hacen lo que dijeron que harían; y por supuesto, tristemente, las acciones que menos se realizan son producto de lo que la gente pensó y dijo que haría. Estas últimas acciones son el resultado de una actitud que pudiera pensarse como normal o esperada por todos y que se conoce como “congruencia”. La persona a quien le escuche esta reflexión decía que seríamos verdaderamente afortunados si al cabo de nuestra vida podemos encontrar algunas personas de este último tipo. Para bien o para mal, la congruencia (en su sentido más puro, es decir, en donde encontremos a alguien que piensa, dice y hace lo mismo) no es algo que podamos palpar, pues los pensamientos son algo intangible que nada más son sancionados por nuestra conciencia.

Como comentaba hace unas líneas, nuestro actuar tiene distintas motivaciones. Hacemos o dejamos de hacer algunas cosas porqué la Ley así nos lo impone; es decir, sabemos que si cometemos algún delito (homicidio, robo, fraude, evasión fiscal, etc.) tendremos como consecuencia una sanción ejemplar. Por lo tanto, nuestra motivación es el evitar esa sanción. Así también, los que somos padres, la Ley nos impone la obligación de ver por el bienestar de nuestros hijos, por lo que tenemos que proveerles de educación, vestido y alimentación. En otras instancias, lo que nos motiva a actuar, es una conveniencia o compromiso de carácter económico o social; un ejemplo de esto, es cuando celebramos algún tipo de contrato y del cual tendremos algún beneficio (vgr. el pago de un precio de compraventa, arrendamiento, un salario, etc). En el ámbito de la conveniencia social, encontramos que hay quienes realizan ciertas acciones por obtener la aprobación de una o más personas, tal como tener alguna cortesía para con alguna persona o asistir a eventos de corte político, social e incluso religioso. Finalmente, tenemos motivaciones para realizar ciertos actos, únicamente basados por nuestra propia convicción, principios y valores; estos actos revelan nuestra verdadera esencia y sentido humano.

El tema de responsabilidad social, se liga directamente con aquellas acciones que llevamos a cabo como resultado de la congruencia; en donde realizamos acciones que son el producto de una reflexión que se liga con nuestros principios y valores. Normalmente, nos volvemos “socialmente responsables” cuando adquirimos cierto grado de madurez y ponemos en la palestra las diversas circunstancias irregulares, desigualdades, vicios, abusos y actos irresponsables que van en contra de lo que  percibimos como correcto y deseable, no sólo para nosotros, sino para nuestra sociedad.

Por mucho tiempo hemos visto una serie de abusos que se dan por diversos sectores de la sociedad en contra del medio ambiente, otros que atentan contra la igualdad económica de las personas, la tolerancia racial, de género, religiosa, entre otras muchas. Esta percepción de abusos provoca que nazcan dentro de nosotros, sentimientos que buscan establecer un equilibrio a esas acciones que percibimos como incorrectas.

Estos sentimientos que nos mueven a buscar un equilibrio de las cosas que percibimos como incorrectas, van más allá de las normas de conducta regidas por las instituciones (vgr. las leyes y normas jurídicas); son huecos que aún no han sido cubiertos por los legisladores, ya sea porqué la sociedad en su conjunto, no ha sido capaz de considerar como “irregular” el acto u omisión, o bien, porqué no existen medios materiales y/o técnicos para implementar acciones que mitiguen o anulen dichos actos incorrectos. Así pues, es como se da origen a normas de conducta auto impuestas que van de la mano con nuestros principios y valores que nos permiten o limitan, hacer ciertas actividades que influyen en el medio ambiente y en la sociedad.

En estas últimas líneas hemos entrado al campo de la “responsabilidad social”; entendiéndose por ésta, al cúmulo de normas de conducta auto impuestas por un sujeto u organismo, que no son de carácter obligatorio, ni sancionadas por otra cosa, sino por nuestro propio código de ética y convicciones; a estas normas también se les conoce como la “auto-regulación”. Al momento en que como individuos nos auto-regulamos y fijamos códigos de conducta que van más allá de las reglas impuestas por terceros, tendemos a extender dichas normas hacía nuestros ámbitos de influencia, es decir, poco a poco pretendemos que otras personas u organismos actúen con niveles éticos similares a los propios y nos perfilamos hacía diversos sectores de la sociedad. Así pues, nos convertimos en “ambientalistas”, “humanitarios”, “filántropos”, “filósofos” o cualquier otro título o corriente que se nos pueda venir a la mente. El requisito indispensable que debe existir en una conducta “auto-impuesta” para que se considere como “socialmente responsable”, es que sea bueno para la sociedad en sí, es decir, debe versas sobre valores y principios, nunca en “anti-valores” o actos que perjudiquen a nuestros semejantes.

De manera particular, los seres humanos conforme vamos madurando, nos involucramos en aquellas organizaciones que comparten nuestros valores, ya sea por medio de nuestra participación activa en una organización no gubernamental; ya sea trabajando en una empresa que esté comprometida con las causas en las que creemos (el medio ambiente, en la filantropía, igualdad, respeto, etc.); e incluso mediante la inversión de nuestros ahorros o inversiones en aquellas empresas que comparten nuestros valores.

Así pues, vemos cómo cada día hay más y más empresas que hacen públicos sus códigos de ética, sus misiones empresariales, normas de contratación y conductas que son aceptables dentro de su actuar, ya sea desde el punto de vista comercial, productivo y/o laboral.

A la “responsabilidad social” implementada por las empresas, se le llama también “responsabilidad social corporativa”. Estas conductas son el resultado de la reflexión de los socios o sus directivos y tienen como finalidad, el aportar algo al equilibrio de aquellas cosas que se perciben como incorrectas. Estas reglas auto impuestas pueden ser algo que proponen los socios desde el momento de la formación de la sociedad o bien, pueden ser el resultado de medidas adoptadas para corregir los vicios que se generan por prácticas irresponsables, anacrónicas o bien, por ignorancia dentro de las empresas. De cualquier manera, su finalidad es la de mejorar nuestro entorno (ambiental, social, económico, de salud, etc.) y la interrelación de las personas. Así pues, nosotros podemos aprobar o sancionar a las empresas o instituciones que tengan o carezcan de una “responsabilidad social corporativa” mediante nuestra participación en ellas o mediante nuestro rechazo, ya sea trabajando o no en ellas, adquiriendo sus productos o invirtiendo en sus acciones.

La “responsabilidad social corporativa” tiene, muchas veces, frenos que le impiden propagarse y globalizarse, pues se piensa que las empresas tienen como único fin el producir rendimientos a sus socios a costa de lo que sea. Así pues, vemos particularmente en los países en vía de desarrollo, que en el ámbito corporativo existe una reticencia para adoptar medidas socialmente responsables, a la voz de que es el turno de ellas el poder amasar un capital, infiriendo que las empresas que poseen códigos de conducta o políticas de responsabilidad social, en su momento actuaron sin código de ética alguno y que por ello forjaron un capital importante. Quizás este último razonamiento tenga algo de razón, en el sentido de que algunas de las empresas multinacionales económicamente exitosas, hayan actuado en el pasado con cierto grado de irresponsabilidad, pero dicho acierto, no debe significar que las empresas de hoy, puedan o deban actuar a costa de lo que sea, bajo la premisa de que “el fin justifica los medios”.

En México, al igual que en el resto del mundo, vemos como la sociedad avanza con un sentido social, en donde se considera cada vez, más y más, el impacto que tenemos con nuestro entorno y con nuestros semejantes. Vemos como cada día las grandes empresas forman diversos patronatos, asociaciones que promueven la mejor alimentación de la gente, su educación, el respeto al medio ambiente, entre otros muchos temas. Es cierto que estos patronatos y fundaciones tienen que ver mucho con la imagen de quien los patrocina, pero también es cierto, que crean una mejor ambiente y bienestar para los que benefician. Esperemos que estas fundaciones y patronatos logren, por medio de la educación, que la gente asuma como propias los códigos de ética y se haga cada vez más “socialmente responsable”.

Hagamos pues votos para que cada uno de nosotros seamos de esas personas que pensamos, decimos y actuamos de manera congruente; caminemos hacía esa “responsabilidad social”, no como un convencionalismo, sino como el producto de una reflexión de la que estemos convencidos y entendamos que el bienestar de todos, seguramente nos llevará al propio, todo esto, es una cuestión de principios.

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